jueves, 17 de mayo de 2012

Pedagogía de la pregunta Manuel Pérez Rocha La Jornada

En una conversación con mi nieta de 10 años de edad, hablé de espárragos blancos. “Abuelo –preguntó burlona–, ¿existen los espárragos blancos?” –¡Claro que existen!, le dije. Sin mediar siquiera una sugerencia, ella encendió la computadora, ingresó a Internet y en la barra de Google escribió: espárragos blancos. En una décima de segundo aparecieron ¡174 mil resultados! Con una sonrisa nerviosa llevó el cursor al cuadro imágenes, puso enter y aparecieron, en un tercio de segundo, ¡57 mil resultados! Hace apenas unos 30 años, intentar responder a esa pregunta trivial quizá nos habría llevado a consultar, infructuosamente, la enciclopedia Espasa Calpe (en caso de tenerla en casa), la cual dedica media página al tema espárragos, no menciona los espárragos blancos y la ilustra con una fotografía de espárragos verdes.
Internet no sólo nos ayuda a responder en fracciones de segundo innumerables preguntas, hasta las más intrascendentes; nos da información por encima de la que necesitamos o solicitamos. La dificultad es seleccionar la que es relevante. Internet, sin duda, es una poderosa herramienta para la educación, pero su aprovechamiento implica tener preguntas y criterios para encontrar lo valioso. Además, como bien se sabe, también ofrece innumerables espacios de enajenación y deformación. Las niñas de hoy escriben Barbie y en menos de dos décimas de segundo aparecen ¡¡¡351 millones de resultados!!! con imágenes y juegos que incitan en ellas, desde la más tierna edad, la vanidad, la frivolidad, la bobería y el consumismo. Niños y niñas escriben Friv en la barra de Google y aparecen ¡¡500 juegos mecánicos adictivos!! que nada enseñan, excepto a mover rápidamente los dedos y convertirse, transitoriamente (espero), en autistas. Estos son sólo dos ejemplos.
Las respuestas a cualquier pregunta, e instrumentos de diversa especie (como juegos, ejercicios y experimentos), están hoy en día, en fracciones de segundo, en la punta de los dedos, y millones de niños han incorporado a sus hábitos diarios conectarse a Internet (con la computadora o con otros aparatos); lo hacen casi mecánicamente. ¿Se resuelve el problema educativo regalando computadoras y conectividad? Las computadoras e Internet nos dan acceso a respuestas; las preguntas las tenemos que hacer nosotros. Hay muchas clases de preguntas y la mejor educación que puede impartirse es la que motiva a hacer preguntas y enseña a formularlas, valorarlas e investigar para responderlas.
En rigor, las escuelas no deberían tener problema para suscitar el afán de preguntar e inquirir, pues parece ser ésta una cualidad innata en todos los seres humanos. Si me atengo a mi experiencia inmediata, con mis hijos y mis nietos, los seres humanos naturalmente preguntan, preguntan y preguntan, insistentemente, impertinentemente, incansablemente. Aun antes de hablar, con sus manos, sus ojos y su boca indagan sabores, texturas, formas. Así nacen niños y niñas (después la escuela los cambia). También los filósofos más importantes de todos los tiempos corroboran esta especie de naturaleza de los seres humanos. Aristóteles decía que todos los hombres de manera natural desean saber y que es a través de la curiosidad que los hombres comienzan y en un principio empezaron a filosofar; primero curiosos ante perplejidades obvias y luego por progresión gradual, haciendo preguntas ante las grandes materias. Pero en la escuela dominante actual está prohibido preguntar. Les está prohibido a los estudiantes e incluso a los maestros; las preguntas las formulan las autoridades y sus técnicos que redactan reactivos, y ahora ni siquiera las autoridades nacionales; las determinan los banqueros y economistas de la OCDE a través de cuestionarios estandarizados. Ahora, la única pregunta propia que hacen muchos estudiantes se dirige al profesor: Maestro, ¿eso va a venir en el examen?
Humanizar la vida escolar, hacerla coincidir con la naturaleza humana –objetivo esencial de la urgente reforma educativa– implicaría hacer de la pregunta propia el punto de partida de todo aprendizaje. Por tanto, la tarea de la escuela debería ser estimular la pregunta, enseñar a hacer preguntas, preguntas importantes, preguntas pertinentes, preguntas originales, preguntas atrevidas, preguntas provocadoras, preguntas y más preguntas. Sobre esa base puede y debe enseñarse a responder mediante la investigación, el estudio y la discusión, que adquieren sentido cuando responden a una inquietud y un interés propio. Hace muchos años Paulo Freire escribió un valioso libro titulado Pedagogía de la pregunta; muchos más años antes, más de 2 mil años atrás, Sócrates hizo de la pregunta el mecanismo generador del conocimiento y la educación. A lo largo de la historia muchos pedagogos han continuado el pensamiento pedagógico socrático y elaborado propuestas educativas que parten de la curiosidad innata de los niños y en ella se apoyan para promover su desarrollo: Rousseau, Freinet, Claparede, Pestalozzi, Froebel, Montessori… la lista es interminable. Hoy, la educación escolar, sometida a un proceso de industrialización deshumanizante con las pruebas estandarizadas, avanza en la dirección contraria.
Los métodos propuestos por esos pedagogos crean las circunstancias necesarias para que los educandos formulen preguntas, pero formular preguntas valiosas implica tener información, cultura, conocer las preguntas trascendentes que durante siglos otros se han hecho. A esto contribuyen las humanidades, la filosofía, la historia, la literatura y las artes, y por supuesto también la ciencia. Por esto es indispensable fortalecer estas disciplinas, en vez de disminuirlas, como está ocurriendo con las reformas impuestas por los gobiernos panistas asesorados por la OCDE.
Los tres candidatos a la Presidencia se han pronunciado por poner al alcance de los niños computadoras e Internet, pero López Obrador ha advertido que el para qué y el cómo habrá que estudiarlo con los maestros. Poner al alcance de los estudiantes las computadoras e Internet exige tener claros los objetivos pedagógicos que se persiguen y enriquecer los planes de estudio de manera que los niños y las niñas sepan escoger lo valioso y desechar lo inútil y lo pernicioso de la red.