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domingo, 23 de febrero de 2014

Infancia y Sociedad cerebro y escuela Andrea Bárcena


¿Qué clase de escuela puede ser una en la que no haya exámenes ni libros preseleccionados? ¿Se puede educar en esas condiciones? ¿Pueden darse procesos de aprendizaje sin esas herramientas? Por supuesto que sí y, probablemente, con mejores resultados que los que obtienen hoy nuestras escuelas primarias. Y no estoy pensando en Summerhill, aunque también; pues valdría la pena revisar el valor pedagógico de esa experiencia que inició A.S. Neill en 1921 y que después de casi 100 años sigue operando a 160 kilómetros de Londres.
Las escuelas llamadas democráticas, nuevas, modernas o activas comparten un supuesto científico básico que, al parecer, la SEP nunca ha querido tomar en cuenta: El cerebro infantil madura y completa el desarrollo de sus funciones intelectuales entre 5 y 13 años de edad, justo en los años que transcurren en la escuela primaria. Por ello, los conocimientos no deben ser prestablecidos ni su asimilación ser el gran objetivo, sino más bien deben ser el instrumento para que las funciones intelectuales se desarrollen. Es decir, el niño y sus capacidades deben ser el programa. Alguna vez tuve en mis manos el horario escolar en un país en el que los niños son muy importantes: el tiempo no estaba distribuido por materias como geografía, historia o gramática, sino por facultades a trabajar como pensamiento, lenguaje, sentido musical y otras.
No pensar en el niño menor de 13 años como recipiente a llenar de información, sino como sujeto en desarrollo, hace diferencia absoluta en el diseño curricular, la formación de maestros, las formas alternas de verdadera evaluación y, sobre todo, en una definición y comprensión más inteligente de la escuela y sus procesos de aprendizaje.
La gran dificultad de las autoridades para atender ese tipo de propuestas está en su obsesión por el control, cuyos costos, si sumamos libros oficiales más pruebas masivas inconsistentes y oscuras como Enlace, más todo un aparato gigantesco de burocracia estéril, dedicada a diseñar y manejar controles, significan muchos millones de millones de pesos que están haciendo falta para invertir en más escuelas, más maestros y estrategias que logren el primer objetivo de una verdadera reforma educativa: que todos los niños menores de 13 años tengan lugar en las escuelas públicas, incluidos, por supuesto, los más de 4 millones que hoy están fuera y a la deriva. Entonces sí podremos hablar de un sistema educativo robusto, como gustó adjetivarlo Emilio Chuayffet. Porque una democracia en construcción requiere un sistema educativo cabalmente democrático: incluyente, libertario, laico, científico y gratuito.

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