Translate

sábado, 17 de septiembre de 2011

CARTA A LOS MAESTROS DE PORFIRIO MUÑOZ LEDO

CARTA A LOS MAESTROS DE PORFIRIO MUÑOZ LEDO
Si las potencialidades futuras de un país se miden por la calidad de su sistema educativo, podríamos convenir en un futuro sombrío para México
Nicolas Sarkozy, presidente de Francia por el cual obviamente no hubiese yo votado, nos está habituando a ciertas sorpresas que dan constancia de su voluntad de innovación. Hace no mucho encargó a Hubert Védrine, quien fuera ministro socialista de Asuntos Exteriores, un estudio sobre la posición de su país en la globalización. Lo he llamado “confesión de inocencia”: descubre, tardíamente, que las potencias dominantes nos engañaron con el camelo de la abolición del proteccionismo.
El pasado 4 de septiembre envió a todos los maestros una carta que pretende recuperar el vínculo original y paradigmático entre la educación y la República. A la mitad del camino entre la epístola y el ensayo —más bien sobre el tono discursivo de los predicadores— intenta definir su visión sobre el porvenir nacional, a partir de la relación entre la cultura, la ciencia y el Estado. En la línea clásica del moralismo galo, invita y conmina a los educadores a “conducir juntos” la refundación del país.
La primera de sus preocupaciones reside en el imperativo de conciliar “dos movimientos contrarios”: el que busca estimular en cada educando “su propia vía de realización”, y el que impulsa a inculcarle lo que “uno mismo cree justo, bello y verdadero”. Recuerda los días gloriosos de la enseñanza francesa, que “colocaba el saber por encima de todo”. Afirma que esa educación “tenía su grandeza”; “exigente y rigurosa, empujaba hacia arriba y obligaba a superarse a pesar de uno mismo”.
Corrobora sin embargo que esa filosofía portaba un sesgo excluyente. Marginaba a muchos de sus beneficios, no porque faltaran de talento, sino porque “su inteligencia y su carácter se encontraban incómodos dentro de un marco único que se quería imponer a todos”. Si el mandatario tuviese sensibilidad progresista hubiese tal vez añadido que en esa confrontación incubaron los fermentos de la rebeldía intelectual y el nacimiento de una dicotomía ideológica que ha distinguido el talante de izquierda de su contraparte conservadora.
La primera conclusión que esboza es: “La personalidad del niño ha sido puesta en centro de la educación, en lugar del saber”. De este modo, la “revalorización de la espontaneidad” ha conducido al “exceso contrario: no nos aplicamos suficientemente a transmitir”. Tras de preconizar “la escuela del respeto, al maestro, al alumno, a las instituciones y a la libertad”, invita a incrementar la participación en una cultura común, una identidad colectiva y una moral compartida”. En tres niveles: nacional, europeo y planetario.
Sostiene la necesidad de volver a situar “la cultura general en el corazón de nuestra ambición educativa”. Se pronuncia por un saber “ordenado, reflexionado y dominado”, sobre una “acumulación sin fin de conocimientos”. Subraya que en la era de la comunicación inmediata y de la competencia informativa desenfrenada, en la que “los hijos saben más cosas que los padres”, hay todavía mayor necesidad de “análisis, espíritu crítico y referentes”.
Tras de recorrer problemas específicos del sistema educativo, como la duración de las jornadas escolares, los vínculos entre la escuela, la sociedad y el trabajo, la universalidad de la oferta, la atención a los niños menos favorecidos o el papel del arte, el deporte, la naturaleza y la experimentación en la formación de los educandos, lanza un llamado a “todos los educadores de Francia”. En adelante serán la “revalorización de su oficio, la confianza en los docentes y la evaluación estricta de su desempeño” las claves para que “nuestros hijos sean portadores de valores de civilización”.
Durante la cuidadosa lectura de ese mensaje —cuyas lagunas e inconsistencias derivan de su propia intención— no podía dejar de pensar en la misiva que podría enviar Felipe Calderón a los maestros de México. Es más, si su noción del Estado y su comprensión de la ruina en que se ha convertido el añejo roble de la educación nacional podrían inspirarlo a formular una reflexión honesta y a proponer un compromiso educativo proporcionado a las dramáticas exigencias del país.
¿Qué podría decirles nuestro mandatario postizo a los mentores de la niñez mexicana? ¿En qué argumentos podría fundar un llamado a su conciencia patriótica y a su deber profesional? Tendría la entereza de reconocer que la falsificación de los procesos electorales se debe en gran medida a la contribución de los gremios magisteriales y que en pago de esa perversidad se otorga a sus dirigentes licencia indefinida para secuestrar y degradar todos los circuitos formales y sustantivos de la educación.
Cuando el presidente francés les dice a sus educadores: “Vosotros debéis mostraros ejemplares, por vuestro comportamiento, rigor y espíritu de justicia”, está partiendo de un supuesto esencial: la lealtad de los docentes con el espíritu de la República, sin dependencias feudales ni complicidades delictuosas. El sueño de mi primer jefe, Jaime Torres Bodet, quien al inventar el Libro de Texto Gratuito lo definía no tanto como un derecho social, sino como el vehículo de diálogo, al margen de toda interferencia, entre la autoridad educativa y los maestros.
Bien lo decía el ilustre educador mexicano: la reforma de la educación no es en última instancia sino la transformación del magisterio. Podríamos añadir hoy: la salvación del país exige la cancelación de los fueros concedidos, en áreas vitales, a los corruptores del sufragio público. La abolición de una contradicción insostenible: la entrega de la formación de la niñez y la juventud a los mismos en quienes se ha confiado la defraudación de los principios y prácticas democráticas.
Si las potencialidades futuras de un país se miden por la calidad moral, intelectual y científica de su sistema educativo, podríamos convenir en un futuro sombrío para México. Sólo la determinación insobornable de rescatar la escuela para los altos valores de la República podría ofrecernos una esperanza cierta de supervivencia. Advierto que ello requerirá un cambio político de gran calado.Enero de 2008.

No hay comentarios: